Una fotografía que se convirtió en escultura

Antonio Fernández Seoane

13 noviembre, 2006

No resultaría asombroso para nadie saber que miles de miles de personas (millones, si tuviéramos en cuenta el tiempo transcurrido), de cientos de latitudes de nuestro planeta, han fotografiado las más famosas obras de arte para llevarlas a sus casas como recuerdo prestigioso de que estuvieron allí: la MONA LISA, del Louvre, el  GUERNICA, del Reina Sofía,  EL REGRESO DEL HIJO PRODIGO, del Ermitage, por solo mencionar tres de ellas en pinacotecas techadas; o, incluso, de aquellas que han quedado ubicadas al aire libre: el Parque de las Esculturas de Middelheim, o las dispuestas en los espectaculares jardines del Palacio de Versalles… No podría haber dudas.

Sin embargo, en lo que quizás no hayamos reparado es que en Cuba se encuentra una obra de arte que ha corrido la misma suerte (a pesar de su corta existencia), fotografiada por un número impredecible ya de personas, tanto nativas como turistas de decenas de países, prueba indiscutible de la presencia del “fotógrafo” en el escenario revolucionario más trascendental de nuestro país y de una de las figuras más paradigmáticas de los nuevos ideales políticos y sociales de nuestro convulso mundo contemporáneo: me refiero al Ché, de la Plaza de la Revolución, del artista holguinero Enrique Ávila González.

Emplazada como “relieve escultórico” en el que fuera originalmente, el inmueble del Tribunal de Cuentas en la otrora Plaza Cívica JOSE MARTI, que después se convertiría en el Ministerio de Industrias al triunfo revolucionario y que es, actualmente, la sede del edificio central del Ministerio del Interior, la obra rinde homenaje definitivo, en el occidente del país, al Guerrillero Heroico, nuestro primer Ministro de Industrias; y lo digo así porque recuerdo que, antes de ser instalada, la fachada de este edificio en cuestión se engalanaba (en ocasiones festivas o de celebraciones significativas) con telas o pancartas gigantes de cartón o madera que nos recordaban que allí trabajó el Ché, a partir de su rostro, trabajados en diversos recursos pictóricos como el pop-art o el hiperrealismo, aunque susceptibles a las inclemencias del tiempo.

El Che de Enrique Ávila

Enrique Ávila, con una sólida formación académica, se inició en la plástica como pintor. No obstante, en la década de los años ochenta del pasado siglo, su fiel se inclinó hacia la escultura monumentaria, como son -entre otras- las realizadas a Frank País, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramante y a los hermanos Saíz, en Santiago de Cuba, Bayamo, Camagüey y Pinar del Río, respectivamente, labor artística que desarrolló en su carrera hasta 1996.

Cuatro años antes, el Ministerio del Interior invita a varios creadores de la plástica a presentar proyectos artísticos que pudieran sustituir las formas en que se venía trabajando la imagen del Ché, en la parte anterior de su sede principal, para su perdurabilidad, debiendo tomarse en cuenta –como aspecto obligado- la obra de Alberto Díaz Gutiérrez –KORDA-; la más famosa foto de Ernesto Guevara de la Serna, realizada en 1960, que diera la vuelta al mundo y que se convirtiera en símbolo para varias generaciones. Uno de estos artistas invitados es Ávila, quien ya poseía una consistente experiencia en esta actividad, y a los seis meses de aquella convocatoria se selecciona, precisamente, su proyecto, de los quince que se presentaron.

El trabajo de Enrique Ávila argumentó la idea de realizar “un dibujo tridimensional”; de tal manera, la línea resaltaría la sencillez humana de esta figura, empleando el acero como material básico para la ejecución de las formas y plasmar la fuerza de su personalidad; la iluminación nocturna vendría a concluir el fundamento de su discurso, tanto frontal como interna en su propia estructura, ésta última compuesta por ciento ocho bombillos incandescentes de color naranja que conceptualizarían “el fuego de ese  rebelde incansable”, tal como lo expresara el autor, y “que nos llama a seguir su ejemplo”. La luz solar se encargaría -por su parte- de provocar efectos de sombras, dada la ligera curvatura del frontón, donde se emplazaría la obra, que bien supo aprovechar Ávila y así acentuar la forma escultórica de aquel “dibujo”.

Las dieciséis toneladas de peso de la esfinge ) realizada sin molde previo, cortada directamente –con llama oxiacetilénica- sobre láminas de ocho milímetros de espesor) descansan sobre varias columnas, horizontales y verticales, que parten de la base misma del gran paredón de piedras jaimanitas, en la que se encontraba la escultura monumental INTEGRIDAD de Domingo Ravenet (encargada por el Tribunal de Cuentas) y que –por aquella razón- tuvo que ser desplazada hacia la jardinería frontal de la izquierda del edificio, donde gana más en belleza instalativa.

El rostro escultórico del Comandante Guevara, que incluye la simbólica despedida  HASTA LA VICTORIA SIEMPRE, con su firma CHE, de treinta y seis metros de altura y veinte de ancho, fue inaugurado el 8 de Octubre de 1993, quedando expuesta ante los ojos de todos aquellos que acuden al lugar, como turistas dirigidos u ocasionales, o como yo, transeúnte obligado a mis funciones laborales, que durante seis años observó este fenómeno  y que me hizo comprender que estaba frente a la obra más fotografiada del arte cubano actual.

Ávila, el del comienzo, sigue pintando (nunca dejó de hacerlo) con toda la excelencia e impecabilidad artística, suficientes para reconocerlo por sí solo. Sus obras pictóricas, que se inscriben desde hace ya muchos años en la abstracción, nos entregan –no obstante y por su cuidadoso estudio de composición, color y valores- todo un mundo temático referido al posible universo de las profundidades náuticas, aunque en ellas subsistan -a veces- elementos de figuración humana u otros, pero en detalles referenciales que se integran a la macro-representación realizada por él en cada una de las piezas y que se convierten en fantásticos y exuberantes parques marinos. Además de la amplia paleta personal y de la impresionante –a la vez que elegante- facturación, la luz es el personaje principal que habita en sus obras: luces que intervienen, incluso, en el acabado de las armoniosas composiciones que diseña, para ganar –como dije- los roles protagónicos en cada una de sus ensoñaciones.

A él habría que admirarlo también en este ejercicio, aunque su huella está en aquella obra, la del Ché, quizás no tan identificada como es la de Korda, pero indeleble, marcando para el arte de nuestro país un punto de mira de especial interés.

2006

Antonio Fernández Seoane es crítico de arte y profesor de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro

Video relacionado:  https://www.youtube.com/watch?v=YaNWoNv8odE