Las energías ocultas de Enrique Ávila.

Liz Laura George

20 febrero, 2010

Las energías ocultas de Enrique Ávila

Más allá de lo abstracto es la más reciente exposición personal de Enrique Ávila, un holguinero que aunque ahora viva en La Habana, en cada uno de sus parlamentos deja escapar alusiones de añoranza por la tierra natal. Aclara siempre que hubo de venir hacia occidente y como dice la canción “hacerse el habanero”, pues le era más factible: pasaba más tiempo aquí, entre exposiciones, proyectos y labores, que en su propia casa. Lo cierto es que Enrique Ávila puede considerarse ya holguinero, habanero y universal. ¿Quién no ha quedado admirado ante la paradójica grandeza-sutilidad de los relieves escultóricos con las imágenes del Che Guevara y de Camilo Cienfuegos en la Plaza de la Revolución? Estas figuras han viajado hasta lugares insospechados en fotos de turistas, postales y programas televisivos. Constituyen telón inevitable de los momentos de relevancia política, social y cultural del país acaecidos en la Plaza.

Estas dos quizá sean las más conocidas; pero a ellas se suman el monumento al Che Guevara ubicado a la entrada de la ciudad de Holguín; el dedicado a Carlos Manuel de Céspedes en las puertas de Bayamo; el monumento a los hermanos Saíz, situado frente a la Universidad de Pinar del Río; el consagrado a Ignacio Agramonte en Camagüey, el inspirado en Celia Sánchez, de la ciudad de Guantánamo, entre otros. Su obra escultórico-monumental está constituida por alrededor de 11 piezas distribuidas por todo el país.

Contrario a lo que algunos puedan imaginar, Enrique Ávila no es un escultor que incursiona en la pintura. Él se define como “un pintor que hace esculturas.” Su formación primera así lo explica. Estudió en la Escuela Provincial de Artes Plásticas de su ciudad natal y luego en la Escuela Nacional de Arte en La Habana. En 1972 comenzó a trabajar como profesor de Pintura y Diseño en la Escuela Provincial de Arte en Holguín. Además, cursó estudios de posgrado de Diseño Básico en la Escuela Nacional de Arte e Historia del Arte y la Literatura en el centro universitario holguinero.

Más allá de lo abstracto, la exposición inaugurada el 12 de febrero en el Hotel Ambos Mundos y que se mantendrá durante todo un mes, constituye su duodécima muestra personal. Todas hasta el momento presentan elementos recurrentes que se han convertido en el sello personal del autor.

Fondos marinos, rocas, planetas, cielo, fuego… conforman la maravillosa simbiosis de las interioridades ocultas. “Una vez me puse a bucear, y vi un fondo marino precioso, con corales. Fue entonces cuando comencé a pintar fondos marinos y a pintar paisajes de grandes corales. Esto me llamó mucho la atención porque noté que el paisaje que todo el mundo ve: las palmas, los lagos, las montañas, se hace muy a menudo. Quise concebir algo diferente. Cuba es un país de paisajes muy lindos, pensé que sería superar a los pinareños, los espirituanos, los avileños que son formidables paisajistas”.

Pero los fondos marinos se tornaron disímiles escenarios. Quien los observa puede pensar que son otros planetas, otras galaxias, capas interiores de la tierra. Cada vez más se alejan de lo real para acercarse al mundo interior del artista. “En el micromundo, por ejemplo, existe una relación estrecha entre las células y la corteza terrestre, es decir, determinadas incisiones en nuestro organismo permiten ver tejidos casi imperceptibles que de cierta manera creo lograr con mis texturas. También me imagino cómo podría ser un fondo marino en Marte, en Venus o en otro lugar inexplorado. Por eso tengo series como Energías ocultas, Más allá del mar, Más allá del cielo, Ventanas abiertas”.

Ávila cree en las energías ocultas, en las fuerzas que se mueven debajo de nosotros, en el interior de la tierra. Confiesa que días antes de la catástrofe de Haití estaba pintando una gran explosión que salía de la superficie y pensó que no estaba errado, que esas energías en verdad mueven el mundo, aunque realmente no le gustaría que causaran tanto daño. Quizá por eso sus intensos volcanes, las grietas, los poros en las rocas y los cráteres, lejos de exaltar al espectador, lo sumergen en un mundo flotante.

“A veces en un cuadro mío observas luz, hielo, corales, y esto produce un efecto visual muy agradable, más tranquilizante que excitante porque me he preocupado por que mi obra no sea agresiva. Desde que te montas en un avión y empiezan a revisarte por todas partes, ya estás preocupado. Trato de hacer una pintura que exprese todo lo contrario, que al verla no te acuerdes de guerra ni de problemas. Los seres humanos necesitamos también esa tranquilidad espiritual y visual, aunque a veces con mi obra exprese y augure ideas de alerta.”

En la pintura de Enrique, hay un minucioso trabajo con la luminosidad. Dice el autor que esa obsesión se la debe a su trabajo por allá por la década de los años 80 como diseñador escenográfico de la televisión cubana y a haber deseado una vez convertirse en director de cine.

De la mano de Ávila uno penetra en un mundo de suaves contornos, efectos y degradaciones de luz, transparencias que recrean nubes o vapor que brota de la tierra, texturas que te hacen sentir la porosidad de las rocas. La unión perfecta de lo celestial, terrenal y submarino. “Es un universo de varias formas, basado siempre en el uso de muchas texturas visuales y táctiles, degradaciones de luces y sombras, de esos grandes contrastes que se producen y que materialmente tienen que ver uno con el otro; la luz y la materia a la vez coinciden con esa teoría del Big Bang”.

Ávila por estos días también concibe una obra de suma importancia para él, un fondo marino retratado por Korda. Será de los artistas que junto con Nelson Domínguez, Javier Guerra, Mabel Poulet, Jorge Ballart, entre otros, rinda homenaje al gran fotógrafo en la exposición Sencillamente Korda, cuya curaduría estará a cargo del realizador Roberto Chile. Enrique mantendrá la esencia de la obra primera pero le sumará sus transparencias, texturas y algunos elementos de colores. “Con Korda tengo una anécdota muy simpática. Cuando hice el Che de la Plaza de la Revolución lo llamé y él no creía que hubiera hecho una escultura tan grande de una foto de él”.

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