Enrique Ávila: escultura y pintura a trasluz

Isaíris Sosa

29 junio, 2010

Imposible hablar de la escultura en Cuba sin mencionar a Enrique Ávila, el hombre que inmortalizó en la Plaza de la Revolución al Che y a Camilo y a una docena de héroes en toda la Isla; el hombre que fundió el acero con la luz en un abrazo inmenso y que en su oficio compartido de pintor combate las sombras de la guerra; el hombre a quien Pablo Armando Fernández llamó en uno de sus Poemas «el verdadero rostro de la luz».

Traje de escultor

Desde que me inicié como escultor, esta ha sido una de las preguntas más frecuentes. Hoy volveré a revelar que aunque todo el mundo cree que me formé como escultor, realmente estudié pintura, en la Escuela de Arte de Holguín y en la Escuela Nacional de Arte.

Incluso fui premiado en el Salón de artistas jóvenes de 1972 y en el Concurso 26 de julio. Siempre como pintor. Lo que sucede es que en la escuela, las asignaturas de Escultura, Pintura y Grabado se daban con tal rigidez que uno tenía que aprender. Y un día me dio  por hacer al Che.

Pero no quería que fuera algo tradicional, pues generalmente se crea un busto, una escultura ecuestre o una figura humana. Yo quería algo distinto. Entonces se me ocurre hacer un cubo, parado en uno de los vórtices, y en cada cara poner al Che, como un símbolo de la repetición de sus ideas.

Después de crear esta escultura en la entrada de Holguín, me pidieron que hiciera una de Antonio Maceo en la sede del Ejército Oriental, y que mantuviera algunas semejanzas con la anterior, como el uso del metal y la inspiración en figuras geométricas.

En Santiago de Cuba concebí una de Frank País con la inscripción «Frank, David, Salvador». Son tres pétalos de metal que representan a una rosa que no abrió.

La de los Hermanos Saíz, en la Universidad de Pinar del Río, es un libro abierto que simboliza el estudio. Las dos columnas parten de un poema de Sergio Saíz que habla sobre las estrellas que miran al cielo, y terminan en fusiles para dar la idea de combate, de pensamiento asociado al Movimiento 26 de Julio.

Tengo otros monumentos a lo largo del país. En Granma está Carlos Manuel Céspedes; Celia Sánchez en Guantánamo; en Camagüey Ignacio Agramante.

En Ciudad de la Habana está la escultura del Che, ahora la de Camilo. Hice un relieve escultórico que tiene los rostros de Camilo, el Che y Mella en la sede nacional de la UJC. Hay otra mía en la escuela de las FAR «Arides Estévez», que es en honor a ese mártir y alegórica a los combatientes cubanos caídos en Angola. La de los Hermanos Martínez Tamayo, en el Politécnico del MININT, se enciende de noche, y como pasa con casi todas de mis obras, mucha gente ignora que soy el autor.

Con esta escultura me ocurrió algo gracioso. Resulta que Silvio Rodríguez me comenta una vez que cerca de su casa había un monumento que a él le gustaba mucho y no sabía de quién era. Yo le dije: «¡Es mío chico, de tu amigo Enrique!»

Si me tocan alumbro

Trabajé diez años como diseñador escenográfico en la televisión y adquirí conocimientos sobre la importancia de la luz y las tres dimensiones; allí aprendí a manejarla. Por eso todos mis monumentos se iluminan, también porque tienen que ver con grandes figuras de nuestra historia, y para mí esos seres irradian luz.

En mis obras a veces esa luz puede ser blanca, en otras está asociada al color naranja. Depende del contexto, del contenido. Por ejemplo, en los Hermanos Saíz es blanca porque muestra la pureza de esos muchachos, que casi niños los mataron así, salvajemente…

Sin embargo, la del Che y Camilo no la concibo blanca sino naranja, porque es el color del fuego; y eso representa el combate, la guerrilla.

Manejo la luz para expresar, no para iluminar. Incluso en la plástica, uso también las degradaciones luminosas. Es algo que se me pegó. ¡A lo mejor si me tocan ahora, alumbro!

Perdurar al Che

Mucha gente se pregunta por qué se creó al Che primero, por qué no se concibieron los dos juntos… He oído muchas historias. Pero realmente siempre la dirección de la Revolución pensó en hacerlos a los dos. En el caso del Che se erigió en Santa Clara, que es donde él tuvo su batalla más importante, igual que Camilo en Yaguajay. Es decir, ellos tienen sus monumentos.

Sucede que el Che, cuando era Ministro de Industria, tenía su oficina justamente donde ahora radica el Ministerio del Interior (MININT), y por eso siempre se mantuvo en el edificio una pared con carteles que reflejaban su rostro. Pero con la lluvia, el sol, el viento, la intemperie, el clima nuestro en general, era muy complejo mantenerlos en buenas condiciones. Entonces se convocó a varios diseñadores y artistas a crear un diseño escultórico perdurable, más definitivo.

Ahora la gente puede ver esa línea sencilla, pero para llegar a ella tuve que dibujar mucho, diseñar, borrar, romper… No sabría decir cuántos diseños hice para llegar a la conclusión de una sola línea.

¿Por qué una línea? Porque en las artes plásticas lo más sencillo que hay es un dibujo sobre un papel. Nada más se necesita una hoja y un lápiz, y ya lo haces. Así empecé a asociar la figura del Che a algo sencillo, económico, que simbolizara esa austeridad con la que él vivía.

Ya tenía la línea, en parte el contenido, pero había un problema: La pared era de jaimanita, y necesitaba algo que sostuviera el rostro del Che. Entonces creé esas columnas que son las que soportan las 16 toneladas que pesa la imagen. Es un rejuego de líneas horizontales y verticales que representan al Guerrillero Heroico como constructor de nuevas ideas.

La sonrisa está en sus ojos

Es importante que la gente sepa que a Camilo hace mucho tiempo se le quería llevar a la Plaza. Cuando terminé la escultura del Che, en 1994, me entregaron la Réplica del Machete de Máximo Gómez. En esa ocasión Raúl me dice que él desde su oficina veía al Che iluminado y eso lo motivaba, lo apartaba de los problemas. Entonces me propone hacer a Camilo en el edificio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR) y me pide que estudie todas las opciones.

Hicimos las coordinaciones, creé el proyecto, luego la maqueta. Lo aprueban Raúl y la dirección del país, y empiezo a trabajar con un equipo multidisciplinario, entre ellos el ingeniero Sixto, proyectista del edificio. Pero cuando comienzan los estudios resulta que ese terreno era cenagoso, y el inmueble no soportaría el peso de la estructura. Los voladizos y los quebrasoles también interferían en la construcción de la obra.

El Camilo que había diseñado inicialmente era una escultura de cuerpo completo y pesaba unas 30 toneladas; al ser este edificio más grande, la imagen tenía que serlo también. Por eso esbocé un Camilo de pie, para que no hubiera comparaciones ni cuestionamientos de por qué un rostro era más grande que el otro. En la escultura esos detalles hay que tenerlos muy en cuenta, y todo debe estar bien justificado. No debe faltar ni sobrar nada.

Finalmente llegamos a la conclusión de no hacerlo en ese momento, porque no había forma de cargar las 30 toneladas de la estructura. Esto no quiere decir que ahora no se pueda —tampoco es que yo tenga la fórmula—, pero pienso que puede estudiarse la idea al tener en cuenta las nuevas tecnologías. Por ejemplo, ahora con Camilo se usó una variante diferente: acero galvanizado y lozas atornilladas, muy modernas y fáciles de construir.

La dirección del país siempre me mantuvo con instrucciones de que si se hacía a Camilo tenía que ser con las mismas características del Che, pues el pueblo siempre los asocia. Y así se hizo, con el principio de la línea, la luz, las barras, la frase…

Cuando la gente habla del Señor de la Vanguardia, casi siempre piensa en su sonrisa. Realicé muchos bocetos de él riendo, pero en una escultura de una línea es muy difícil lograrlo sin que parezca una mueca, por eso opté por asociarlo al hombre de combate e hice una versión propia de su rostro. Aunque esté serio, la sonrisa está en sus ojos.

Ellos son mi complemento

Hay algo muy importante, mis monumentos yo no los realizo solo, hay un equipo de personas detrás. He hecho varios monumentos y he tenido varios compañeros, pero en especial el de los Hermanos Saíz, el del Che y el de Camilo, fueron hechos por los pinareños Román Acosta, Alberto Suárez y Rafael Torres. Trabajadores que se apasionan con la obra como si fuera suya. Y en parte lo es, porque todo ese acero pasa por sus manos.

Son paileros, soldadores, pintores, artistas ya. Artistas empíricos. Y tienen mucha habilidad, porque todo lo hacen con la escultura de pie. ¡Imagínense al Camilo y al Che con los 36 metros de alto que tiene cada una!

La verdad es que son mi complemento, mis brazos, mis piernas.  Y lo principal: son muy trabajadores; a veces trabajamos 12, 14, 16 horas, las que hicieron falta. Gracias a eso se pudo terminar la escultura de Camilo para la fecha acordada, el 28 de octubre de 2009. Unos días antes en ese lugar no había nada, y de pronto tenemos a Camilo ahí, delante, para siempre…

Elogio del acero

El acero me gusta porque es fácil de trabajar. También es muy barato, a diferencia del bronce y el cobre.

Todas mis esculturas son de metal porque están dedicadas a héroes, y todas son grandes. He hecho muy pocas pequeñas, es que me gusta hacerlas así. ¡Tal vez porque soy chiquito!

Asocio a los mártires con el metal, no los imagino de otra forma. Por ejemplo, el relieve escultórico de Camilo en el MINFAR podía haber sido de un material más ligero, y el edificio lo habría soportado; pero entonces le habríamos quitado contenido. Porque al decir: «Ahí están el Che y Camilo de acero», eso cobra un significado diferente, no tienes que explicar mucho más.

Pienso que los mártires, las figuras históricas que he hecho, tenían que ser de acero o de bronce, porque es el material afín con el carácter de estas personas. Otro material no estaría de acuerdo con el mensaje que quiero dar.

Me enorgullece muchísimo haber creado estas dos imágenes tan importantes para el pueblo de Cuba, y para mí como cubano que soy; porque aunque haya estado tras la realización, verlos ahí, iluminados, cobra un sentido indescriptible.

El tiempo de duración depende del mantenimiento. El cálculo es para que duren 100 años, pero hay que conservarlos con anticorrosivos y pinturas que soporten el sol, el agua y el salitre. Así durarán mucho tiempo, igual que si se les hubiese hecho de hormigón, cobre o bronce.

El mundo ignoto de Ávila

Ahora voy a tomar un descanso y después empezaré a pintar, porque comparto el oficio de escultor y pintor. Pintar es algo que me gusta mucho y en lo cual trato de no parecerme a nadie.

En la forma de concebir mis esculturas me parezco a muy pocas personas, y en la pintura trato de hacer lo mismo.

Uso muchas texturas visuales, táctiles, y degradaciones de luz. Esa es la base. Son paisajes ignotos; pueden ser en otro planeta, en el fondo del mar, en Venus, en Marte; es como imagine un lugar de estos.

A veces mezclo las nubes con las voces, en otras el agua con la piedra. Y quiero seguir investigando, indagando en este tipo de corriente que pudiera ser abstraccionismo o surrealismo. No sé. Eso ya es tarea de los críticos. La mía es hacer lo que hago bien y quedar bien conmigo y con la sociedad que me ha tocado vivir.

Tomado del periódico Juventud Rebelde.

www.juventudrebelde.cu/…/enrique-avila-escultura-y-pintura-a-trasluz/