De la luz: visiones de Enrique Ávila

Eugenio Marrón

16 enero, 2005

Desde los tiempos más remotos, ha tenido la criatura humana predilección por la piedra como fundamento de todo comienzo, la roca como origen de la vida. Los griegos de la antigüedad, bien lo recordaban como el mito de Deucalión: ante la  maldad y el desatino de los hombres y sus fuerzas negativas, Zeus había dispuesto el horror del diluvio, para que en lo alto del monte Parnaso, en el firme de una piedra, solo sobrevivieran Deucalión y su esposa Pirra, y desde allí, desde la roca todo comenzara.

La piedra sumergida a la intemperie, y con ella las visiones del orden natural de las cosas, pero no como totalidad que excluye, sino como fragmentos de gran concierto universal que incluye y revela, confirman el trabajo pictórico de un artista, que sabe aprovechar la fortuna de Deucalión, posibilitar que todo principio sea posible desde la roca, desde la intimidad mineral de paisajes marinos y terrestres. Tal es el signo de Enrique Ávila, como explorador atento de lugares donde los cuatro elementos -agua, fuego, tierra, aire- se convierten en forma tangible de las fuerzas del génesis, pintado con luz para descubrir la luz.

Luz: he ahí la clave para el disfrute que proponen estos cuadros. Pero no luz como artificio para engalanar, o como aditamento para lo eficaz de una escena. En la pintura de Enrique Ávila, la luz es la materia misma de los fragmentos observados, o mejor: de los fragmentos traídos desde la savia misma de los sueños donde la luz, precisamente, es palpable,  luz convertida en agua y en fuego y en aire y en tierra, vale decir, todo ellos en la sustancia de la piedra, el mito de Deucalión.

En tiempo que la naturaleza desborda lo creíble y lo increíble -desde la destrucción ambiental y la contaminación, pasando por los desórdenes climáticos, hasta llegar a la furia del mar que hemos visto en el espanto y el horror desatados por el Tsunami en países de Asia, para llamar al equilibrio ecológico planetario- un pintor de origen cubano, nos recuerda con sus obras que, como fundamento de todo comienzo, la roca es el alma misma de la naturaleza y su salvaguarda. Y en ella la luz, marina o terrenal, como centinela de ensoñaciones, alabanza de paisaje, constancia de saber mirar las entrañas de la tierra, enhorabuena, Enrique Ávila y la invitación a adentrarse en los misterios de la luz del entorno que sus cuadros traen.

*Eugenio Marrón es poeta y ensayista. Se desempeña como profesor de Literatura en la Facultad de Medios de Comunicación Audiovisual, en la filial del Instituto Superior de Arte en Holguín.